Para seguir viviendo



Corazón mío,

cíñete a la Belleza que eterniza los días.

Asciende a la alegría al  invadir tu boca

con la lucidez caliente de la risa.

Acuérdate de la dulzura

cuyos lamidos fecundos pueden ser inagotables.

Pon en tus labios

el cuerpo fascinante

de la poesía invisible de las cosas.

Entra en la marea en donde habita el deseo,

como cobijo prohibido de las aguas salvajes.

Cubre tu piel, una vez más,

con terciopelos de ternura.

Contágiate de la serenidad de las palpitaciones del bosque

que restauran su paz

en el espacio de libertad donde acaban las fronteras.

Dime qué nombres viven

entre los líquenes benignos de las venas,

qué palabras en blanco hablan de mí,

con labios que todavía responden

al sabor de unos párpados.



Corazón mío,

háblame del amor invencible,

del destino inevitable del enigma,

donde yo existo más.

Donde yo existo.

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